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El arte sobrevivirá

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Por William Guevara Quiroz

Director de Púrpura Creactivo y Kiosko Teatral 

Bajo las circunstancias de la pandemia, los momentos difíciles son muchos. Algunos de ellos atraviesan lo inimaginable, lo inmensurable y algunos lo irreparable. Cada uno está asumiendo su dificultad que seguro sobrepasa su dimensión y su capacidad. Necesitamos ayuda. Nadie saldrá ileso. Estas condiciones hacen que todos seamos damnificados. Aunque ese siempre ha sido el lugar de los artistas, con virus mundial o sin virus mundial.

Incontables años en la ardua tarea de hacer entender a los gobiernos que tienen la responsabilidad de ayudarnos por obligación, y que deben hacerlo con eficacia y atención, como a cualquier otro tipo de ciudadano. Necesitamos leyes y decretos que nos cobijen no solo en contingencias, con posturas respetuosas, no lastimeras. Por siglos enteros reducidos por estar fuera del capitalismo. Los artistas debemos ser vistos más allá de resultados económicos, así insistan en la validez de la miopía. Somos útiles, con la capacidad mágica de transformar —por segundos o por una vida entera— a otros seres humanos.

Un ermitaño podría vivir sin arte, con la belleza de la naturaleza misma sería suficiente. Un atardecer, la redondez de un fruto, el cantar de una cigarra, un cortejo entre aves. ¿Para qué artistas? No somos indispensables. El arte es opcional. Nadie está obligado a consumirlo y no es vital. Pero existimos. Tenemos necesidades y obligaciones. Y entre las obligaciones está la de ser los encargados de repensar el mundo. Somos los que tenemos la responsabilidad de poner en sensible debate los silencios colectivos, los individuales, los privados, los íntimos. Sí, tienen razón, lo importante no somos nosotros… es lo que exaltamos. Innumerables artistas han muerto en abandono, pero su obra perdura entre la opulencia de halagos, y a veces de dinero. No somos los protagonistas, pero somos necesarios, la historia del mundo lo grita. No deberíamos vernos obligados a hacerlo entender a presión, generación tras generación.

¿Qué tiene de engorroso para los gobiernos el comprender que somos ciudadanos que aportamos contundentemente a la sociedad? ¿Por qué es necesario, persistentemente, exigir unos derechos? Queremos la misma benevolencia o rigor que para con los otros. Somos una pieza del engrane de la maquinaria social, hacemos parte del ciclo vital de una comunidad, y por ello, de una vez por todas, se nos debería reconocer ese lugar, diseñando medidas sensatas para nuestro sector, y no solo temporalmente sino por siempre, aquí y en cualquier parte del mundo.

Pero irónicamente y con seguridad en contra nuestra (de los artistas), está el hecho de que el Arte nunca será damnificada. A diferencia de muchas otras profesiones en el mundo, el artista no se detiene, no tiene horarios, vive la vida creando, inclusive en los contextos más precarios, y siempre tendrá a quien entregarle el fruto de su reflexión, de su discurso, de su empeño en la transformación. No hay lugar a dudas de que el Arte, ejercicio vital e innato al ser humano, sobrepasará la catástrofe, esta y cualquiera que se le atraviese, hasta cuando realmente llegue el fin. El Arte no se hundirá, no colapsará, no morirá con nosotros. El Arte nos supera.

Sin un artista, las plumas de un pavo real siempre impactarán los sentidos del ser humano. Sin un artista dos gotas de lluvia que se unen lentamente deslizándose por un cable eléctrico para convertirse en una, no dejará de ser belleza, pero el mundo necesita de nosotros para convertirla en poesía.

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