ELECTRA Compañía Chapitó de Lisboa 2017

El centro y la distancia. Festival Iberoamericano de Cádiz – Edición 32

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Por Carlos Bernal

Actor del Teatro Experimental de Cali – TEC entre 1968 y 1978, radicado en España desde hace casi 40 años.

Actualmente se desempeña como director, docente y dramaturgo.

Desde 1986 para acá, siempre en los albores del otoño, llegan los Festivales de Teatro Iberoamericano de Cádiz; y son bienvenidos, son oportunidad de oro para que los grupos españoles, latinoamericanos, portugueses y a veces de Estados Unidos, se encuentren y presenten sus obras a los públicos gaditanos. Cada año, convocando musas que hablan el mismo idioma pero con diferente acento, animan sus escenarios y sus plazas; allí extienden su oferta teatral, distintos argumentos con estilos variados: para la razón, para la emoción, para el diálogo, para la gracia… Y el mar, testigo de lujo que al sol de hoy más une que separa a nuestros pueblos.

Lo fundamental del Festival, aparte del viaje teatral y fantástico que cada espectáculo agencia, es el acercamiento entre los participantes venidos de diferentes partes del globo; a eso vienen, a reconocerse, a contrastar, a intercambiar técnicas, búsquedas y hallazgos: acotan entre todos un espacio lúdico donde lo teatral sobrepasa las representaciones y se convierte en una especie de panacea contra la barbarie, la codicia y la estupidez. Un ejercicio de imaginación que ayuda a vivir y a soñar.

Desde el sur, desde la distancia se proponen cosas al centro; centro que cada vez es más excluyente y que por estrechez de pensamiento artístico y por su exacerbada defensa de intereses económicos (sus bolsillos), no permite que lo diferente ocupe un pequeñísimo lugar en la repartición de la tarta de los dineros oficiales dedicados a la cultura.

Por esta condición, por no estar invitados al centro, estos grupos y estos festivales se ven obligados a desarrollar cosas tan vitales como la síntesis, el invento y la cocina teatral. Dan fibra al cuerpo escénico, carecen de dinero para el despilfarro y la parafernalia técnica que, algunas veces, oculta la vacuidad del asunto.

No quiere el cronista decir que todo lo que pasa por Cádiz ronde la excelencia, pero doy fe de que muchos lo intentan con rigor y pasión. La evaluación detallada de las obras no es el objetivo fundamental de esta crónica, entre otras cosas porque la intensidad de la experiencia teatral es personal e intransferible, solo se tiene un criterio propio cuando uno ha visto las funciones. Un buen baremo para ubicarlas sería ver cuáles nos parece que suceden en el escenario y cuáles en un lugar difícil de precisar entre nuestro cuerpo y nuestra alma de espectadores. Quiero decir, en nuestra intimidad. Aquellas cuyas imágenes impregnan nuestras retinas y más adelante nos asaltan el recuerdo, esas son las impagables y por los escenarios de Cádiz suelen pasar. Imposible reseñar aquí todas las obras; habrá que hacer el difícil ejercicio de escoger: serán aquellas que más inquietaron mi gusto y mis sentidos. Antes habría que decir que de todos los espectáculos aprendí (a veces, inclusive, lo que no conviene hacer), mis respetos a todos los creadores implicados en las diferentes obras. Y me disculparán los no reseñados, cuestión de espacio.

Antes de continuar, importante destacar las evaluaciones de las funciones, el encuentro de investigación “Cruce de criterios”, el entrañable y cálido homenaje a José Monleón y la agradable compañía de las participantes en el Encuentro de Mujeres de Iberoamérica.

La Compañía Chapitó de Lisboa, presentó su particular visión de Electra (en la foto): ya sabíamos de su buen hacer; el escenario vacío y doscientas cucharitas repartidas por el suelo. Con esto los actores nos contaron la historia de esta familia de poderosos que entre guerra y guerra se dedicaban a matarse por el poder, por celos, por si acaso… Electra y su hermano matan a la madre, pero antes la madre había matado al marido que a su vez ya había matado a la hermana mayor… Baño de sangre familiar contado en clave de comedia desternillante. Hacen que lo complicado del argumento y del montaje parezca facilísimo. Risa y reflexión a borbotones, veteranía y juventud, un recado de la periferia al centro.

La Zaranda, de Jerez (Premio Nacional de Teatro), con Ahora todo es noche (Liquidación de existencias), como siempre sin ceder un ápice a las tentaciones del teatro complaciente. Aportó buen hacer en todo los terrenos: actuación, montaje, texto, luces, etc. Toman partido por los invisibles, los desahuciados, los perdedores; es decir, la inmensa mayoría de las gentes que habitamos el planeta. Con humor que perturba, ironía y su fuerte compromiso poético nos ponen a mirar cómo pasan la noche deambulando, harapos y maletas en ristre, tres indigentes en el aeropuerto de una gran ciudad; su destino: el final de la noche, el amanecer en plena nada, en la mitad de su naufragio sin tabla, las tablas también las venden; solo con sus cuerpos ultrajados y el deseo imposible de ver sirenas o, por lo menos, cantar como los cisnes. Carcajadas y amargura; tal vez metáfora a la situación análoga de su periplo teatral: unas de las pocas compañías de teatro independiente que desde el sur, por su calidad y su tenacidad grupal, desde allá abajo, ha logrado colarse y ocupar un lugar indiscutible en los escenarios de varios países del mundo. Salud y larga vida a su barquito.

Y por último Camargo, de Colombia, por La Congregación Teatro. Escrita y dirigida por Johan Velandia. Inquietante, difícil de olvidar. Para mí, tal vez la dramaturgia y puesta en escena más conseguidas en el Festival; un trabajo interpretativo de elevado nivel. Contaba Camargo la historia de un violador en serie, un asesino que estranguló y violó a ciento cincuenta y siete mujeres de entre ocho y veinte años. Contradicción fuerte ver tanta excelencia teatral para contar la historia asquerosa de este animal hecho de pus en su cuerpo y en su alma; teatralidad poética que resultaba haciendo poesía de lo macabro. El material periodístico y documental se nos sirvió de manera ejemplar, con síntesis, con una carpintería dramatúrgica y una dirección admirables; más doloroso que sensacionalista. Me gustaría verlos algún día, con todo su buen hacer contando una historia con otro sabor, de otro color. Los dueños del show bussines y muchos productores de televisión y cine, de los colombianos en arte, literatura y periodismo casi siempre esperan truculencia y sangre. La obra me hizo recordar las palabras de Benito Rabal en un taller de guión: “Yo no cuento la historia de los hijos de puta, esas que las cuenten otros”. No es por poner reparos artificiales, sino pensando en qué tipo de relación quiere el artista establecer con su público; es más, con qué sensación y qué reflexiones quiere que salgan del teatro. Cuestión de gustos.

En todo caso mi respeto y admiración por el trabajo de Johan Velandia y la gente de La Congregación. Muy buenos.

Además de los tres citados, este año la programación contó con otros catorce grupos: en total fueron diez latinoamericanos, uno portugués y seis españoles, procedentes de diez países. De Argentina, Osqui Guzmán y Leticia González de Lellis presentaron Bululú, antología endiablada; de Chile, la Compañía Interdram trajo Rocha; de Colombia Tu nombre me sabe a tango por L’Explose danza y los espectáculos de acrobacia y teatro de calle de Tchyminigagua; de Ecuador El corazón de la cebolla por el grupo Malayerba; de El Salvador Si vos no hubieras nacido, por La Cachada Teatro; de Puerto Rico Hijos de la Bernarda, de la compañía Tojunto; de Uruguay, La Morena trajo Rabiosa melancolía; de España El Cartógrafo, Juan Mayorga dirección y texto; Fuenteovejuna del TNT-EL VACIE; The FunamViolistas con ContraEscena y los espectáculos de calle de Ludo Circus y A Tempo Dansa; por último, México con Yo tenía un Ricardo hasta que un Ricardo me lo mató, por Teatro Bárbaro.

Para los discernimientos arriba enunciados y para más da cada año el FIT. Este año, con el menor presupuesto de su historia, dio con dificultad pero con elegancia un paso más en su ya entrada madurez. Ojalá que los que detectan los dineros públicos de la cultura lo entiendan, se estiren y contribuyan. Mientras, ¡que las musas de la creación nos acompañen y los vientos soplen a favor de nuestro inventos! El FIT y los teatreros de las dos orillas estaremos trabajando para que, si la inspiración y los apoyos llegan, nos encuentren en plena labor.

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