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Juan Bilis: Esto-vi en 2018

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Estudiante de dirección de décimo semestre del programa de artes escénicas de la facultad de artes ASAB. Ha trabajado como guionista y actor en distintos cortometrajes. En su formación como dramaturgo, ha estudiado con importantes dramaturgos nacionales e internacionales. Colaboró en la dramaturgia de la versión de la obra ganadora de la Beca de creación del ministerio de cultura Edipo o El Crimen de La Navaja de Okham. Actualmente trabaja con el grupo de teatro Salva al Gato.

Agradezco a Kiosko teatral por esta invitación a hablar de teatro. Aclaro, antes de empezar, que el orden de las obras no obedece a ningún tipo de jerarquización. Es difícil seleccionar sólo diez entre las muchas propuestas interesantes que están surgiendo cada año en la ciudad. Por supuesto, muchos montajes que me han traído grandes satisfacciones como espectador han quedado por fuera de esta lista.

Kassandra: La maldita vanidad / Dirección: Jorge Hugo Marín

Botas de taco alto, medias de malla, chamarra de cuerina y una blusa con Bugs Bunny estampado: es Kassandra (con K), la hija de Príamo, ofreciendo al público un cigarrillo.  Un poste de luz precaria y una roca sugestiva puesta en el escenario. Alrededor de ella, nosotros, el público, dispuestos a convivir por poco más de una hora. Kassandra arrastra consigo la melancolía del vencido, del exiliado, del extranjero arrancado de raíz. El inglés que habla es insuficiente, porque Kassandra ha perdido la patria tan radicalmente, que ya ni en su propia lengua puede habitarla. Aquí no hay certeza de nada: Kassandra es y no es, está al margen, habla y no habla el idioma.

Esta obra me encanta de principio a fin. Jorge Hugo Marín, Ella Becerra y Sergio Blanco conformaron una de mis triadas favoritas después de este trabajo. Con un texto hermoso e inteligente por un lado, y una dirección impecable por el otro, Ella Becerra está a sus anchas para hacer lo que mejor saber hacer: actuar.

Retocada… no, más bien trasvestida, el personaje mítico sirve para ver la realidad con nuevas luces. La migración, los ejercicios de poder sobre el cuerpo, la identidad, la transmutación, por supuesto el asunto de autoficción —entre otros— son temas que se tejen en la trama de manera contundente. Entre los espectadores que hemos rodeado a Ella Becerra en esta obra, sabemos que su Kassandra ahondó tanto en nosotros (¡y sigue ahondando!) como una imagen entre espejos enfrentados.

Evohé: Changua Teatro / Dirección: Marcela Mora

Una obra concernista que explora las posiblidades de un futuro inminente en el que la humanidad es progresivamente reemplazada por los robots. La apuesta es sencilla, sobria y obsesivamente medida. Otra vez Changua indaga en sus preocupaciones recurrentes: la inteligencia artificial, la robótica, las relaciones humanas, la intimidad y el futuro cercano.

El dramaturgo plantea una situación hasta cotidiana: la cita de una pareja recién separada, puesta en el contexto de un futuro hipotético. Los diálogos nos parecen absurdos, como tal vez hace unas décadas nos pareciera absurdo hablar de videollamadas, Ipod, Gigas, GPS y otros neologismos relativamente nuevos. Sin duda un bombón para los amantes de la ciencia ficción o el concernismo, géneros que, a falta de verlos en las tablas, parecieran a veces privativos de la literatura o el cine.

El libro de Job: Montaje de grado de los estudiantes de actuación de la ASAB / Dirección: Johan Velandia

Se trata de una adaptación que hace Johan de la primera parte de la novela Job del autor alemán Joseph Roth. La dramaturgia tiene los picos y las hundidas bien puestos. Un viaje diseñado con sensibilidad y buen gusto que le hace a uno pasar por todas la emociones posibles. La historia ocurre en el mítico pueblo de Uz, donde vive Juvenal con su esposa y sus tres hijos. El cuarto hijo nace “tullido” un día que Juvenal no rezó.  Cuando unos estudiantes de medicina llegan a Uz para aplicar la vacuna contra un dengue que le anda dando a todos, ven al tullido y tratan de persuadir a la familia de que lo envíen a la ciudad para que les realicen los debidos cuidados médicos. Sin embargo, Juvenal, que es profesor de religión en la escuela y un creyente reacio e inflexible, prefiere tenerlo cerca, confiando en la buena voluntad del Señor. Al fin y al cabo el niño de pronto nació así por justicia divina ¿o no? Después llega la guerra a Uz y arrasa con todo. La obra entonces se pone oscura, densa y horrorosa desde la aparición de los primeros soldados. La guerra pasa por Uz como una horda de cerdos por encima de un hormiguero. Nada queda en pie: la bondad natural, la fé, la familia, la inocencia, la pureza y cualquier vínculo social o filial es engullido por esa “visita funesta”.

Al caer el telón, uno queda en zozobra total. La obra de Johan no es optimista. Las cosas seguramente no van a mejorar. Aquí no hay lugar para ningún happy end, no hay villano que se reforme ni herida que se pueda resarcir. Johan Velandia y su equipo arrostran la desgracia frontalmente, eludiendo el viciado hábito del melodrama de Hollywood. Los espectadores salimos del teatro con la certeza de que todo lo que pase después con ellos será peor, porque Johan no deja posibilidad  alguna de redención para nadie.

La puesta en escena de la obra es brillante. El escenario potencia su capacidad de convertirse en cualquier cosa, al presentarse completamente vacío al público. Es el reinado del actor y la convención consciente. Con El libro de Job el equipo hace una obra de gran formato solamente con actores y piedras. Nada más, ¡ah! y unos baldes. El gran formato está en la cabeza del espectador.

Personajes corales y coros de personajes que nos distanciaban para que no fuéramos despedazados por el flujo emocional que propone las situaciones. El cuento se cuenta clarito, clarito. Johan ha sabido sacarle el jugo a un grupo de actores potentes, ávidos por las tablas, llenos de fuerza y vigor, dispuestos a cualquier cosa durante las funciones. Ningún actor da el brazo a torcer. Ellos, como el director, aprovechan también cada segundo de tiempo y cada milímetro de espacio que tienen.

La visita: Montaje de último semestre del proyecto curricular de Artes Escénicas ASAB / Director: Mark Maugha

De la mano de Mark, los estudiantes de la ASAB demostraron que tienen madera para el teatro. Un trabajo verdaderamente honesto de parte de todo el equipo, con una dirección limpia, inteligente, que supo aprovechar muy bien el elenco con el que contaba; y unos actores sinceros y entregados completamente a lo que hacían. Se trata de una versión contemporánea de la exigente obra La visita de la vieja dama de Friedrich Durrenmatt. Un montaje inolvidable por su calidad y la capacidad que tuvo de calar en sus espectadores.

Lo que nunca fuimos: Montaje del proyecto curricular de Artes Escénicas ASAB / Dirección: Sebastián Illera

Da gusto ver trabajos como este en las salas de la ciudad. Todo aquí está bien hecho. Por supuesto, se me hace necesario destacar el trabajo de dirección de actores que realiza Sebastián con Felipe Polanía, Nathalia Sánchez y Laura Osorio. No obstante, tratándose de una obra de Sebastián, seguramente recaigo en un lugar común al decirlo. Ya hemos visto en otros trabajos de este director (no sólo teatrales, también en cine) sus virtudes como director de actores. Pero en lo demás la obra también está muy bien. Es inteligente, medida, ingeniosa y, sobre todo, hecha con muy buen gusto. La apuesta es sencilla y liviana. Se trata de la historia de un amor acusado de inmoral entre un fotógrafo y una azafata. El cuentico es claro y se cuenta con los elementos necesarios, sin nada que falte o que sobre en el montaje. Sebastián Illera y su equipo de trabajo conformado por estudiantes de actuación de la ASAB, reivindican el melodrama con buen gusto y calidad. Una obra preciosa.

El ensayo: La Congregación / Dirección: Johan Velandia

Mezcla de thriller, costumbrismo, comedia y farsa. La obra logra una unidad en la que no rayan ninguno de estos elementos; y es que en El Ensayo —como en los buenos thrillers— no sobra ni falta nada. Ni en la dramaturgia, ni en la escenografía, ni en la utilería, ni en la iluminación, ni en el trabajo de los actores. Todo está hecho con puntería. Todo da en el clavo.

La creación y sostenimiento de la expectativa que tiene la dramaturgia, sumado a unos puntos de giro tan chocantes como chuscos, logran mantenerlo a uno con los ojos bien pegados a la escena. Una puesta en escena con carne para cualquier público teatral, y unos actores virtuosos que dominan muy bien su trabajo.

El Rey tuerto: Ovella Blava y Vania Producciones / Dirección: Ruth Caudeli

Se trata de una versión recontextualizada de la obra del catalán Marc Chreuet que no puede ser más pertinente para el país por estos días. La premisa dramática parece escrita con pólvora: Lidia, la esposa de un antidisturbios, invita a cenar a una amiga de su infancia y a su novio, Ignacio, un joven activista al que un agente del ESMAD le reventó un ojo. Como cortinilla de fondo, una crisis económica muy actual y una ministra que pregona discursos en favor de la austeridad y despotrica contra la administración anterior. La sala de la casa de Lidia se vuelve, entonces, la arena de combate donde conflagran dos perspectivas diametralmente opuestas. Con la progresión de la historia, las convicciones de cada personaje se dejan ver frágiles, y las “verdades” que cada uno tiene se irán trocando en “duda”.

Con una puesta en escena realista y un trabajo actoral muy destacable, esta comedia —como las buenas comedias— pone muy bien el dedo en la llaga, planteando dilemas actuales y necesarios.

La Virgen del Mercedes: La casa de atrás/ Dirección: Rafaél Sánchez.

La culpa tuvo lugar este año en la Casa del Teatro Nacional con una obra escrita por los talentosos hermanos Dávila y llevada a escena por un director arriesgado que no le tiene miedo a los espectátulos teatrales de largo aliento. La historia con aires de thriller ocurre en una vereda colombiana, la Yerta, que queda cercada por un derrumbe natural. Los habitantes no tienen cómo salir de allí, y palían su desgracia trocándola por una devota dedicación a una virgen de yeso que encuentran en un Mercedes Benz que ha llegado a la vereda en extrañas circunstancias. Cuando veía la obra, tenía la sensación de estar asistiendo a un purgatorio en el que cada personaje no encontraba la manera de lidiar con su propia culpa. Con un elenco grande de talentosos actores, se logra un trabajo con interpretaciones muy maduras y profundas que indagan, sin puntos medios, en ese complejo y contradictorio sentimiento. Es muy gratificante ver en nuestras salas apuestas de estas dimensiones, en una época en la que las obras buscan ser cada vez más cortas.

Historias para animales carnívoros: Dirección: Juan Pablo Acosta

Con esta versión de la ya clásica novela El beso de la mujer araña, Juan Pablo Acosta ha puesto todos los ingredientes para hacer un espectáculo inolvidable. En general disfruto mucho las historias de encierro, pero siento un encantamiento particular por el encierro en esta obra. En la cárcel de una dictadura, dos personajes opuestísimos comparten el espacio de una celda casi inhabitable por su aridez, su monotonía y su tamaño. Uno de ellos es un revolucionario recalcitrante encerrado por su ideología y por pertenecer a un grupo de resistencia;  el otro, un cinéfilo homosexual que quiere ser mujer y ha sido encerrado por sus sentimientos hacia un muchacho. Con una puesta en escena íntima, simple y sugestiva, Juan Pablo Acosta dispone el escenario para lo que tal vez es su mayor y más acertada apuesta en este trabajo: la actuación. Sutiles y sinceros, Ariel Sierra y Wilson Forero hacen un trabajo magistral y conmovedor. Sostienen la verdad en cada segundo que interpretan, construyendo con mucha creatividad y honestidad una de las relaciones más lindas que se han escrito en la literatura latinoamericana, la de Valentín y Molina.

Yo he querido gritar: La Maldita Vanidad / Dirección: Ella Becerra

Con este montaje, La maldita vanidad indaga sobre un tema recurrente: la violencia en las relaciones conyugales, pero lo hace desde un punto de vista insólito. La puesta en escena de la obra de Tania Cárdenas ha sido trabajada, muy acertivamente, a partir del sistema de constelaciones estructurales. El trabajo de los actores (y por supuesto el de la dirección de actores) en esta obra, es fascinante. La conjugación del elenco es muy inteligente y las actuaciones muy bien elaboradas. Una obra que no dejé de recomendar a lo largo del año, por la manera como me impactó cuando la vi.

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